CONTRA EL MAME DE LA TECNOFOB-IA



Estos últimos meses han sido de un particular puritanismo digital, debido a la tendencia de muchas empresas —tanto pymes como corporativos— a negarse a usar inteligencia artificial en sus publicaciones (tanto en la creación de imágenes como de textos digitales como físicos e incluso en flujos administrativos). Esto parte de la gran falacia de que esta nueva innovación sustituirá al 100 % al ser humano, tal como ocurre en varias novelas, películas y series de ciencia ficción de corte apocalíptico al estilo de Terminator (el ejemplo más recurrente de los alarmistas y de la gente propensa al pánico facilista motivado por el desconocimiento y el odio irracional hacia la llegada e implementación de dicho sistema en la vida diaria, rutinaria y laboral).

Esta falacia del reemplazo total y el pánico laboral (un miedo atávico) ya ocurrió siglos atrás con la llegada de la imprenta, la fotografía, la televisión e internet. Existe una resistencia visceral basada en la idea, llevada al extremo, de que el avance técnico suplantará por completo al ser humano y reducirá a nada nuestro criterio, creatividad y acción. Con esto se omite, incluso de forma intencional, que la historia demuestra que las herramientas automatizadas desplazan tareas repetitivas, pero siempre obligan a evolucionar y redefinir los roles profesionales.

Como mencioné anteriormente, debido a la total falta de información sobre este recurso digital —más por convicción que por un impedimento real—, se justifica esta fobia irracional de que la novedad viene literalmente a relevar nuestra propia inteligencia como un demonio digital al cual no podemos enfrentar, como si fuera una fuerza devastadora. Es más fácil satanizar a la IA que ver la realidad: los errores que presenta pueden evitarse, corregirse y, en el mejor de los casos, perfeccionarse, siempre y cuando se conozca la herramienta y se tenga la disposición de aprender sobre ella, en vez de negarla y detestarla por defecto debido a prejuicios y necedad, en lugar de enfatizar nuestra auténtica naturaleza humana de buscar, investigar y aprovechar las oportunidades que ofrece lo nuevo. Todo esto sucede por no salir de la zona de confort en la que muchos caemos al negarnos a estar al tanto de avances que, como bien sabemos, han dado giros radicales desde el siglo pasado y que, en la actual época digital, ocurren de manera cada vez más acelerada.

Todo lo que creamos —y en especial las estructuras basadas en algoritmos— siempre requerirá supervisión de principio a fin. La creatividad es insustituible y esto ya lo remarcamos en una entrada anterior sobre el uso de la tecnología en el ámbito creativo: subrayamos que el software está diseñado para obedecer y acatar órdenes, pues siempre necesitará a alguien que le dé dirección administrativa y creativa para construir desde un informe hasta una imagen estática o pieza multimedia. Parte de la evolución humana radica en la supervivencia del más apto y adaptable a su contexto y entorno; quienes sigan en su fobia y negación estarán destinados al rezago, mientras que quienes estén del otro lado entenderán y buscarán nuevas oportunidades para desarrollarse como profesionales y personas. Siempre ha sido así y seguirá siendo; la gran pregunta no es si la automatización (u otra innovación por venir) nos va a reemplazar en términos apocalípticos, la verdadera pregunta es: ¿vamos a explorar y aprovechar su potencial para nuestro beneficio personal y colectivo?



Dice una frase: «La culpa no es del cerdo, sino de quien le da el maíz». La IA no es un ser ni un ente con autonomía: es un simulador, un asistente que acata las órdenes que le damos. Si le damos mal las instrucciones o no sabemos cómo asignarle tareas, cometerá errores que serán responsabilidad del usuario, quien es el ser vivo, pensante e independiente. Es mediocre que un líder culpe a sus colaboradores de sus propias equivocaciones; para evitarlo, debe saber cómo dar indicaciones. Conociendo cómo funciona el sistema, es muy poco probable que se cometan desatinos, y así surge la satisfacción no solo de saber asignar tareas y que el recurso las acate, sino de preguntarse: ¿qué puedo hacer como usuario para mejorar mis instrucciones y optimizar esta solución?

Es un buen momento para ser más abiertos, despojarnos de prejuicios y conformismos, y dejar a un lado la necedad ante la llegada de estos progresos. Lo que debe quedar claro es que nuestra creatividad, criterio y pensamiento independiente, junto con la plena disposición a asumir con responsabilidad, ética y transparencia el uso de estas soluciones, es lo que nos librará del miedo alimentado por la ignorancia. El conocimiento es poder, no solo para dominar, sino para ir más allá de las oportunidades que podemos aprovechar de estos avances presentes y futuros en el campo técnico.


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