LA MAN-IA Y LA FOB-IA POR LA IA EN EL DISEÑO GRÁFICO Y COMUNICACIÓN VISUAL
Me ha tocado ver en estos últimos meses dos bandos claros en el sector empresarial, tanto en changarros como en PyMEs y corporativos: a favor y en contra del uso de la IA, en especial en el aspecto creativo y de comunicación visual.
Los partidarios de la IA buscan solucionar con un clic sus problemas de contenido gráfico para redes sociales, así como para soportes digitales e impresos; lo que a un humano le tomaría horas, ellos lo resuelven en minutos o incluso segundos. El resultado ya lo vemos todos, tanto en línea como en físico: trabajos genéricos que repiten lo mismo de siempre, carecen de un diseño que los distinga de la competencia y, en general, terminan perdiéndose en un mar de gráficos casi idénticos en estilo, jerarquía, colores y tipografía. Muchos caen últimamente en un diseño recargado que genera un ruido visual molesto para la vista. Asimismo, vemos errores graves en la creación de imágenes y fotografías, como personas con seis o más dedos, inconsistencias en el fondo, deformaciones en elementos que conforman la composición o incongruencias de objetos y lugares que desafían la realidad. Todo esto pasa desapercibido hasta que alguien lo nota; entonces, la publicación pierde credibilidad, se convierte en motivo de burla y disipa su propósito inicial y primordial.
Por otro lado, quienes se oponen a la IA sienten un rechazo total hacia esta tecnología debido a los deficientes resultados visuales ya mencionados, a tal grado de recurrir a los medios tradicionales bajo el argumento de apelar a lo «auténtico». Sin embargo, esa autenticidad suele caer en otra trampa genérica: el uso de elementos extraídos de la cultura pop —como personajes de anime, caricaturas y figuras de la farándula— acompañados de picardía popular o de recursos predeterminados de programas masivos como Canva. El resultado son trabajos «bonitos» que presentan fallos básicos y fatales como faltas de ortografía y gramática, una nula jerarquía de los elementos —más bien una auténtica saturación visual— y una baja resolución que hace que los diseños se vean pixelados e incomprensibles, lo cual frustra su objetivo y genera más contaminación visual.
A pesar de esta guerra, ambos bandos comparten un punto en común: no contratar a un especialista en comunicación visual, ya sea un diseñador gráfico, un ilustrador, un caligrafista, un rotulista, un fotógrafo u otro profesional de la rama. Ambos bandos lo requieren: los primeros, para darle a la IA una dirección creativa adecuada y supervisión de calidad; los segundos, para contar con alguien que aporte el mismo valor de forma directa sin la intermediación tecnológica.
Sean del bando que sean, la necedad y la tacañería por no contratar a un profesional resulta tan ridícula como negarse a ir al médico por una dolencia; los partidarios de la IA acaban escribiéndole a la herramienta en busca de una cura instantánea, mientras que los detractores optan por la automedicación a la espera de un milagro, un ejemplo adecuado para ilustrar estas divisiones radicales.
Con o sin IA, no se puede reemplazar la necesidad de un profesional de la comunicación visual. Mientras prevalezca este mal criterio en ambas posturas, el costo en su alcance y en la presentación ante sus clientes actuales y potenciales les saldrá muy caro a fin de cuentas.

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