NO ES EL REFRESCO… ES TU REFRESCOHOLISMO
Como muchos saben de sobra, entre las propuestas de la mencionada Reforma Hacendaria está la de crear un impuesto especial a los refrescos para que, con ello, se disminuya su consumo, ya que la «visión» tanto de la gente como de nuestros astutos legisladores y genios del Ejecutivo federal es que el refresco es el responsable al 100 % de todos los males de la salud de la ciudadanía, como la diabetes, la obesidad y el sobrepeso.
Hoy, en este 2026, años después de la reforma, a partir de la nueva campaña de Coca-Cola por sus primeros 100 años de vida en México, con el regreso de Luis Miguel como su imagen luego de más de 3 décadas, resurgen en la red como hongos —como es costumbre— sus fieles detractores, quienes demonizan al icónico refresco como el culpable absoluto de la situación de salud de varios enfermos a consecuencia, según dicen, de su maldito veneno corporativo.
¿Realmente es cierto? Al menos desde mi punto de vista, no; no al 100 %.
Seamos sinceros: a los mexicanos nos destaca culpar de todo a todos y, al último, a nosotros mismos. En el caso de los refrescos, nadie de las refresqueras nos apunta con un arma o nos amenaza para consumir sus productos; muy buena parte de la ciudadanía está hoy en día muy informada de las consecuencias de su consumo diario y excesivo.
Tenemos buena parte de esa información disponible en internet; bueno, si usted no se limita a navegar nada más para estar jugando al Candy Crush y atiborrando los perfiles de sus amigos y grupos con cadenitas y memes a diestra y siniestra.
Gran parte de nosotros empezamos a consumir refresco más por costumbre familiar a la hora de la comida o por el mero antojo, y sin pensarlo, en un momento dado, ya lo consumimos en la primera oportunidad o porque de plano se convirtió en una adicción, algo así como el equivalente al alcoholismo.
Y esto también está documentado: buena parte de estos productos tiene efectos adictivos si no se regula su consumo. Me atrevo a comparar esto con el alcoholismo —que desde aquí llamémoslo «refrescoholismo» o, para hacerlo muy nuestro (porque somos el consumidor número uno a nivel mundial y no es motivo de orgullo nacional), «chescoholismo»—.
Así como en toda adicción, nos tenemos que ayudar empezando por admitirlo y después por cesar de golpe o paso a paso, luchando contra el síndrome de abstinencia.
¿A qué quiero llegar con esto? En primer lugar, no estoy diciendo que las refresqueras sean unas santas inocentes; estas son responsables, pero no al 100 %. Como dije desde el inicio, no nos apuntan con un arma para consumir sus productos y tampoco echaremos la culpa a sus campañas publicitarias —como hechizos para idiotizar a la gente, como muchos dicen—, pero sí podemos culparlas, por ejemplo, de sus prácticas deshonestas al limitarnos a otras alternativas como los jugos y las bebidas naturales, en especial en muchas comunidades en donde el índice de analfabetismo es alto, lo cual resulta ideal para aprovecharse de la ignorancia y de la poca información de esta población en específico.
Ya estamos grandecitos para admitir que somos parte del problema, por ejemplo, al no exigir nuestro derecho a estar informados sobre los ingredientes que componen estas bebidas, además de las consecuencias de abusar de su consumo.
Otra cuestión muy importante para los que tengan hijos o miembros menores de edad: ¿no es nuestra obligación orientarlos acerca del consumo y hacerles ver y entender que el refresco es solo una golosina y no parte de su alimentación diaria? Si no les ponemos límites ni los guiamos al respecto, ¿vamos a exigirle a las refresqueras que nos patrocinen los tratamientos para la diabetes y otros males que pudimos evitarles a los niños y a uno mismo?, ¿que nos premien o castiguen por nuestra estupidez?
Tenemos alternativas para evitar o bajarle al consumo del refresco: el agua, en primer lugar; los jugos y las bebidas caseras, o productos que nos garanticen ingredientes naturales... En fin, no podemos estar culpando a todos de nuestra responsabilidad como padres y personas de cuidar nuestra salud, nuestra economía y la de nuestros hijos.
Hay que ser consumidores responsables y, sobre todo, cuidar nuestra salud, porque otra gran cualidad del mexicano es que le hacemos caso a esta cuando ya nos está llevando la fregada o ya no hay nada que hacer.
Como el alcohólico declarado y dispuesto a curarse se dice: «Hoy no voy a tomar», nosotros, los refrescohólicos, debemos decirnos: «Hoy no voy a comprar mi chesco».
No hay que generalizar; hay que poner las cosas en claro, admitir parte de nuestra culpa y contribuir a solucionar el problema sin caer en el drama barato de Juan Pueblo, la pobre víctima de Tata Refresquera.

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